NOVELA AROMÁTICA: “CARDAMOMO” de Diana Al Azem

“Se sentó en la terraza de una pequeña cafetería y pidió al camarero que le sirviera una bebida típica de allí. El hombre trajo a Sam una taza de café. Pero no un café corriente, sino una variedad intensa y penetrante, con un sabor dulce y ligeramente picante a la vez. Aquel aroma hizo mella en sus sentidos. Era el mismo olor que percibía cada vez que entraba en su edificio y hasta aquel momento no se había dado cuenta de que se trataba del café.

-¿Qué lleva? – preguntó al camarero señalando el vaso.

-Cardamomo -le explicó el hombre.

-¿Cardamomo? -repitió-. ¿Es algún tipo de especia?.

-Sí señor. Es típico café árabe o ahwa. Nosotros siempre tomamos así, mejor para digestión -le contó en un inglés mediocre.

-Y ¿dónde puedo conseguir cardamomo?.

El hombre esbozó una amplia sonrisa.

-Todo mercado vende cardamomo, señor.  Yo compro allí -dijo señalando hacia un puesto que había al otro lado de la calle.

Sam observó el diminuto bazar de especias que había frente a él. Miles de colores y texturas componían la entrada al puesto que, de manera insinuante, atraía a los más curiosos a disfrutar de los diferentes aromas. Una mujer cubierta con un velo azul marino atendía a los pocos transeúntes que paraban en ese momento en su puesto. Durante unos segundos, y mientras sorbía su café, Sam se quedó ensimismado contemplándola mientras atendía a una pareja de compradores. Por algún motivo, reparó en los suaves y delicados movimientos de la vendedora al introducir las distintas especias en pequeñas bolsas. Tan solo llevaba al descubierto las manos y los ojos, suficiente para que Sam descubriera en ella a una mujer tremendamente femenina.

Cuando los compradores se marcharon, y creyendo que nadie la veía, la mujer se retiró el velo de la cara para poder respirar con normalidad, descubriendo así un rostro joven y con un esplendor especial. Sam estuvo a punto de atragantarse con el café al ver aquel despliegue de exotismo y belleza. Aquella era, sin lugar a dudas, la muchacha más linda que había visto en su vida. Fijó sus ojos con total admiración y asombro sobre aquel rostro angelical cuando, de pronto, sintió un pinchazo en el lado izquierdo de su pecho. Era su corazón. Un rayo de fascinación atravesó su órgano, cubriéndolo con el embrujo de quien presencia un milagro de la naturaleza por primera vez.

De repente, aquellos ojos inmaculados se posaron sobre los suyos, que no habían dejado de mirarla. Al darse cuenta de que un extraño la observaba, volvió a cubrir su rostro. Sam adivinó cierto rubor bajo aquel  velo, pero estaba demasiado hechizado como para dejar de mirarla. La tendera continuó con sus tareas, cabizbaja, sin atreverse a levantar la vista de nuevo hacia el turista descarado. Pero entonces, por el rabillo del ojo, advirtió que aquel hombre alto y corpulento pagaba el café al camarero y se acercaba a paso lento y pausado, como si temiera espantarla, a su puesto.

-Hola -dijo con una voz cálida.

La muchacha respondió con una sutil mirada que enseguida volvió a dirigir hacia el suelo. Fueron solo unas milésimas de segundo, pero suficientes para que Sam descifrara el color verde esmeralda que bordeaba sus pupilas. Aquellos luceros se hacían más intensos si eso era posible a consecuencia del velo oscuro que le tapaba el resto de la cara. Nunca imaginó que una damasquina pudiera tener los ojos tan claros como la aurora boreal, y aquello acabó por hipnotizarle del todo.

-El camarero de ahí enfrente me ha dicho que … que tú le vendes el cardamomo. -Señaló hacia el bar para que la muchacha le entendiera.

La joven asintió de manera educada.

-Quisiera …, quisiera comprar algo de cardamomo. -A Sam le costaba hablar.

La tendera señaló el saco donde guardaba la especia y después le miró a la espera de una confirmación.

-¿Eso es cardamomo?.

La chica volvió a asentir y tomó en su mano algunos granos. Muy lentamente se acercó a él, que no podía dejar de mirarla, y se lo ofreció para que pudiera olerlo. Sam alargó el brazo para recibir la especia y la joven la depositó con delicadeza sobre la palma de su mano, rozando su piel. Sam fijó la vista sobre aquellas manos dulces y delicadas, y que a la vez deletaban una vida de trabajo duro. Entonces arrimó el cardamomo a su nariz e inhaló su esencia.

-Mmm, huele a cítricos -dijo para sí.

-Es limón y eucalipto. El cardamomo verde tiene un aroma intenso que recuerda a esas fragancias. -Oyó que le decía con voz aterciopelada.

-¿Hablas mi idioma? -Sam se sorprendió ante la respuesta de la joven.

-Sí, lo aprendí en la escuela, señor -contestó bajo el velo.

La joven inclinó la cabeza ruborizada por la naturalidad con la que aquel hombre la trataba. No sabía por qué, pero el turista había provocado en ella una sensación de desconcierto. No era como el resto de los viajeros curiosos que pasaban por su tienda, preguntaban por la utilidad y propiedades de las especias y después se marchaban con unas bolsitas que ni siquiera llegarían a utilizar en sus insulsas comidas. Aquel joven, de mirada limpia y un atractivo irresistible, parecía interesarse por algo más que los condimentos.

-El camarero de ahí enfrente me ha dicho que el cardamomo es muy bueno para hacer café.

-Así es, señor …. Ofrecer ahwa de cardamomo verde es un gesto de bienvenida en nuestro país.

-Pues es una bienvenida deliciosa -observó Sam sin apartar la mirada de aquellos ojos verdes.

La joven jugueteaba con sus dedos, nerviosa, sin saber qué contestar.

-Me llevaré una bolsa de cardamomo -dijo Sam finalmente.

La tendera preparó una bolsita con el condimento y se la entregó al turista.

-¿Cuánto te debo? -preguntó llevándose la mano al bolsillo.

-Es un regalo -respondió la muchacha de forma tímida.

-No puedo aceptarlo. Por favor, dime cuánto …

-No es necesario. Puede probarlo; si le gusta, volverá otro día. Lléveselo como muestra de bienvenida.

Sam iba a decirle que se marchaba en tres días y que no regresaría más. Sin embargo, por algún motivo, no lo hizo.

-Muchas gracias entonces. Solo una cosa más …, me gustaría saber el nombre de la persona que me hace este regalo.

La muchacha dejó entrever una tímida sonrisa bajo el velo.

-Nour. Mi nombre es Nour -respondió con voz armoniosa.

-Nour -repitió Sam en un susurro-. Bonito nombre para una mujer tan bella.

Las mejillas de Nour enrojecieron al instante. Sabía de sobra que aquel apuesto turista había visto su rostro minutos atrás y agradeció infinitamente que el velo ocultara su rubor.

-Gracias por todo, Nour.

Y dicho esto, Sam se marchó de allí llevando consigo la bolsita repleta de cardamomo … y una pizca de esperanza.

Extracto de la novela “CARDAMOMO” de Diana Al Azem

 

Lydia Bosson nos habla en este vídeo del aceite esencial de cardamomo:

https://www.youtube.com/watch?v=KWj6y6IhPAU

JABÓN DE GLICERINA CON ACEITE ESENCIAL DE MIRRA Y SEMILLAS DE CARDAMOMO

Os podéis imaginar como huelen no???

CAM02384

INGREDIENTES:

200 GR. DE JABÓN DE GLICERINA
7 CUCHARADAS DE AGUA DESTILADA (Ó AGUA FLORAL)
UNAS GOTITAS DE COLORANTE
SEMILLAS DE CARDAMOMO
6 GOTAS DE ACEITE ESENCIAL DE MIRRA

Elaboración: Deshacemos el jabón (lo podemos rayar o cortar en láminas finas) y lo calentamos al baño María junto con el agua destilada y vamos removiendo. Después añadimos el colorante: previamente lo he disuelto en agua destilada.Por último añadimos el aceite esencial y las semillas de cardamomo: las he sacado de la vainita y las he machacado. Poner en los moldes y listo !!!

 

 

 

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