La naturaleza esencial de los aceites: un concentrado de luz y calor

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En nuestra vida cotidiana nos encontramos con hierbas medicinales como la salvia, el romero, la manzanilla, la menta y otras. Pero hemos olvidado que en su interior esconden principios esenciales.

En cambio, las antiguas civilizaciones lo tenían muy presente y durante mucho tiempo nuestros antepasados se curaban con las esencias extraídas de estas hierbas, que prevenían y curaban las enfermedades. Desde antiguo, siempre ha habido un vínculo que ha unido la naturaleza con el ser humano.

Un conocimiento profundo del mundo de las especies vegetales y de sus esencias puede prevenir y neutralizar el desgaste físico y psicológico provocado por el estrés, sin duda el mayor enemigo de nuestro equilibrio energético, dada su habilidad para acumularse en nuestro organismo y manifestarse con especial saña en numerosas patologías psicosomáticas.

La naturaleza esencial de los aceites: un concentrado de luz y calor

El término “esencial” deriva de la teoría de Paracelso -extraordinario mago y terapeuta- que se refiere a la concepción hermética que afirma que el hombre (el microcosmos) es un reflejo fiel de la imagen del Universo (el macrocosmos).

Paracelso preveía la posibilidad de extraer de las plantas sólo lo que constituía su parte activa, entendido tanto en sentido material como espiritual. De la misma forma que el cuerpo físico del nombre interactúa con la materia, la composición espiritual de la planta, “la quintaesencia”, entraría en contacto con la naturaleza sutil del hombre, su componente invisible, el cuerpo astral; por lo tanto “el alma” de la planta influiría en el alma del hombre.

Los aceites esenciales representan el componente más sutil y purificado de la planta: su preparación tiende a eliminar la materia más “densa”, liberando el esquema de “inteligencia”, la información energética subyacente.

Los aceites esenciales constituyen una característica común a todas las plantas con flor. Ejercen una función de reclamo para los insectos encargados de la polinización, pero sólo algunas familias de plantas, entre las que destacan la familia de las labiadas, tienen un porcentaje superior a la media, es decir, de más del 0,1 % del peso total de la flor.

Es interesante destacar que la mayoría de estas especies crecen en zonas cálidas, donde los factores de luz y calor convergen con mayor intensidad. Nos referimos al área mediterránea en particular, la tierra de las labiadas (romero, salvia, lavanda, orégano, tomillo, etc) y a los países de la franja ecuatorial, donde abundan las especias (nuez moscada, canela, pimienta, jengibre, etc). La producción de esencias por parte de la planta es directamente proporcional a la longitud y a la intensidad de la fotoexposición. Su formación se origina gracias a los procesos de calor y de luz ligados al sol. El aceite esencial está emparentado con la luz y el calor, con el fuego (se trata de substancias fácilmente inflamables). Bajo la acción intensa del sol, estas substancias aromáticas no sólo se distribuyen en las flores, como sucede con otras plantas. Sino también en las semillas, en las hojas y en las partes leñosas. Estas, respecto a otras sustancias vegetales, poseen una naturaleza superior, que cruza los límites de la simple naturaleza vegetal.

El perfume se expande, entra en contacto y comunica con el mundo de los insectos y por consiguiente, con el mundo animal, a la vez que no tiene compromisos con la tierra de la planta, es decir, con sus raíces, ni con el elemento agua, puesto que las esencias son insolubles en agua.

En cambio, sí que se evaporan con facilidad al entrar en contacto con el elemento aire, queman y tienen su origen en la luz, que representa el elemento fuego. Se abren y se expanden al exterior entregándose a un mundo superior. Por este motivo, los alquimistas hablaban de sustancias dotadas de “espíritu”. Su parentesco con la luz y el calor se manifiesta en el hecho de que ciertas labiadas producen esencias mucho mejores cuando crecen en zonas elevadas, es decir, allí donde la luz del sol es más intensa.

Desde el punto de vista botánico, esta relación con la luz se confirma por el hecho de que dichas sustancias se forman a partir de una molécula simple de base, el llamado “hemiterpeno”, alrededor del cual se condensan los componentes individuales de las esencias.

Pero para que puedan desencadenarse el resto de reacciones, este molécula necesita unirse a un reactor, porque por sí misma es  inerte. El reactor que hace posible la biosíntesis de las moléculas aromáticas es el ácido pirofosfórico, cuyo nombre deriva de pir (fuego) y phosphor (luz), esto es, la formación de las esencias tiene lugar gracias a la intervención del “fósforo portador de luz”.

 

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