BORRAR LA HISTORIA PERSONAL (PRIMERA PARTE). CARLOS CASTANEDA

 

EXTRACTO DEL LIBRO “VIAJE A IXTLAN” DE CARLOS CASTANEDA

Don Juan estaba sentado en el suelo,  junto a la puerta  de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las noches del desierto y otros temas ordinarios de conversación.

Le pregunté si no interfería yo con su rutina normal. Me miró como frunciendo el entrecejo y repuso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba. Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. También había compilado, a través de la literatura etnográfica, una larga serie de rasgos culturales pertenecientes, se de decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.

Empecé con las cartas de parentesco.

-¿Cómo le llamaba usted a su padre? -pregunté.

-Lo llamaba papá -dijo él con el rostro muy serio.

Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la suposición de que no había comprendido. Le mostré  la carta y le expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en inglés y en español.

Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.

-¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté-.

-La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo. 

-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los llamaba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés. 

Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.

-Caray! -dijo-. Me lo pusiste difícil. Déjame pensar.

Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.

-Bueno -dijo, como inmerso en serios pensamientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? !oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!

Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdaderamente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mí, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal. 

-¿Cuáles eran los nombre de su padre y de su madre? -pregunté.

Él me miró con ojos claros y amables.

-No pierdas tu tiempo con esa mierda -dijo suavemente, pero con fuerza insospechada.

No supe qué decir; parecía que alguien más hubiese pronunciado esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los papeles.  Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos eran claros y bondadosos y penetrantes.

-No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.

Yo no acababa de entender el sentido de sus palabras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle preguntas. Reiteró que eso no le molestaba en absoluto.

-Ya no tengo historia personal -dijo, y me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.

Me le quedé viendo, tratando de detectar los significados ocultos de sus palabras.

-¿Cómo puede uno dejar su historia personal? -pregunté en tono de discusión.

-Primero hay que tener el deseo de dejarla -dijo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosamente, poco a poco.

-¿Por qué iba uno a tener tal deseo? -exclamé. Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi historia personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.

-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal -dije.

-A acabar con ella, a eso me refiero -respondió cortante.

Insistí en que sin duda yo no entendía el planteamiento.

-Usted, por ejemplo -dije-. No puedo saberlo con certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Esto es lo que hace que sea historia personal. Sentí haber remachado un clavo bien puesto.

-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.

Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé mentalmente las impresiones que de él tenía: la forma misteriosa e insólita en que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su viveza, su expresión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había partido en dos.

-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como si leyera mis pensamientos-. Jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.

Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.

-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y lo que haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de tí. 

Don Juan dijo que todos cuantos me conocían tenían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía

-¿No ves? -preguntó con dramatismo-. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesitan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.

De pronto, la idea se aclaró en mi mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia personal era en verdad un concepto atrayente, al menos en el nivel intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y desagradable. Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda incongruencia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía el “refinamiento” de un estudiante universitario. De algún modo, don Juan me había apartado de mi intención original de interrogarlo sobre su genealogía. 

-No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.

-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos hablando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.

Su tono era firme. Sentí que no había forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.

-Esta idea de no tener historia personal ¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.

-Es algo que hago yo.

-¿Dónde lo aprendió usted?.

-Lo aprendí en el curso de mi vida.

-¿Se lo enseñó su padre?.

-No. Digamos que lo aprendí solo, y ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.

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