BORRAR LA HISTORIA PERSONAL (SEGUNDA PARTE). CARLOS CASTANEDA

 

Bajó la voz hasta un susurro dramático. Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.

-Escríbelo -dijo con arrogante condescendencia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.

Lo miré, y mis ojos deben haber delatado mi confusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.

-Vale más borrar toda historia personal -dijo despacio, como dando tiempo a mi torpeza de anotar sus palabras- porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.

No pude creer que en verdad estuviera diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.

-Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no sabes si vas o vienes. Y eso es porque yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla a mi alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.

-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? -intercalé.

-Por supuesto que … no -exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.

Había hecho una pausa lo bastante larga para  hacerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El subterfugio me resultó muy amenazante. En verdad me dio miedo.

-Ése es el secretito que voy a darte hoy -dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historia personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo.

Achicó los ojos. No miraba en mi dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé fantasiosamente como un jefe indio, un “guerrero de piel roja” en las románticas sagas fronterizas de mi niñez.  Mi romanticismo me arrastró, y un sentimiento de ambivalencia sumamente insidioso tejió su red en torno mío. Podía decir sinceramente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir en el mismo aliento que le tenía un miedo mortal.

Sostuvo esa extraña mirada durante un momento largo.

-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo en entorno con un gesto de su cabeza.

Luego posó en mí los ojos y sonrió.

-Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.

-¿Para qué?  -pregunté, belicoso.

Se me aclaró que don Juan me estaba dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.

-Dijiste que querías aprender los asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú harías preguntas y yo te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más que decirnos.

Su terrible franqueza me despertó resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.

-Entonces mírala por este lado -prosiguió-. Si quieres aprender los asuntos de las plantas, como en realidad no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia personal.

-¿Cómo? -pregunté.

-Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla a tu alrededor.

-Pero eso es absurdo -protesté. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?

-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a tí, por ejemplo.

-Pero eso sería mentir.

-No me importan las mentiras ni las verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal.

Argumenté que no me gustaba engañar deliberadamente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier manera yo despistaba a todo el mundo.

El viejo había tocado una llaga abierta en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su afirmación defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa conciencia de que mi familia y mis amigos me consideraban indigno de confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.

-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo único que faltaba era que no sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.

Protesté.

-¿No ve usted que estoy harto de que la gente me considere indigno de confianza? -dije.

-Pero sí eres indigno de confianza -repuso con convicción.

-¡Que no, hombre, me llevan los demonios! -exclamé.

Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento. Desdichadamente, estaba en lo cierto con respecto a mí.

Tras un rato me calmé y él siguió hablando.

-Cuando uno no tiene historia personal -explicó-, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quieres conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices mentiras para seguir en marcha.

Me hallaba en verdad perplejo por la gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.

-De ahora en adelante -dijo él-, debes simplemente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.

-¡Yo no puedo guardar secretos! -exclamé-. Lo que usted dice es inútil para mí.

-¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada.

Parecía un extraño animal salvaje. Y sin embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi molestia cedió el paso a un estado de confusión irritante.

-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una alternativa: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo segundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocionante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.

Repuse que borrar la historia personal sólo acrecentaría nuestra sensación de inseguridad.

-Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emocionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.

No dijo una palabra más durante un rato muy largo; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo más cercano. 

Yo ignoraba el motivo, pero nuestra conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pidió parar en el camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepara a la cima plana de una loma al lado de la carretera y acostarme boca abajo  con la cabeza hacia el este.

Parecía tener un sentimiento de urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado cansado hasta para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.

Dormí sólo dos o tres minutos, pero fueron suficientes para que mi energía se renovara.

Llegamos al centro del pueblo, donde quiso que lo dejase.

-Vuelve -dijo al bajar del coche-. Acuérdate de volver.

 

“VIAJE A IXTLAN”

CARLOS CASTANEDA

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